Cuadro de texto: críticas: 
Las cartas marcadas

La vida inmediata

Ángel Zapata

 

 

De algunos poetas se dice que elaboran un mundo propio, un universo de significados que aspiran luego a compartir con el lector. Otros poetas, en cambio, se instalan ya de entrada en este mundo que todos compartimos y recrean su vida, su leve maquinaria de fingimientos, los gozos prematuros entre el sigilo de la decepción, con un lenguaje depurado y nítido que acoge las palabras de todos los días. Éste es el envite de “Las cartas marcadas”, y la baza que su autor lleva hasta el fin con la pericia de un jugador experto.

    Editado por Libertarias, este primer libro de Eduardo García encierra un trabajo espléndido en el que nada se ha dejado al azar. Una obra inusualmente madura, pues, donde destaca el rigor de la construcción, el equilibrio entre adhesión e ironía que va conformando la materia poética, y eso tan raro, en fin, que a falta de otro nombre llamamos arte, gracia, duende o sabe Dios qué. El libro se inscribe por derecho propio entre las obras más notables del panorama poético actual.

(Muface nº159, Septiembre-Octubre 1995)

 

 

Ejercicio estético que consigue alejarse del coloquialismo y la ironía tópica. No es extraño que una de las partes del libro se titule “Personae” y lleve una cita de Álvaro de Campos, el conocido heterónimo de Pessoa. El poeta portugués había defendido: “Lo que en mí siente está pensando”. También en Eduardo García la emoción está dentro de la inteligencia. Ése es su acierto.

(José María Barrera, ABC literario)

 

 

Asombra la capacidad de García para rajarnos el corazón con las palabras más simples; hiere como el gato de Chessire, que nos dejaba su sonrisa antes de desaparecer. Eduardo García, en éste su primer libro, se nos presenta ya como una realidad poética incontestable a la par que necesaria renovación de nuestro panorama poético.

(Vicente Luis Mora, Diario CÓRDOBA)

 

 

Las cartas marcadas es un libro que da gusto leer por muchos motivos; yo destacaría, por un lado, las cuidadas formas poéticas, desde el soneto al verso libre minuciosamente trabajado, musical y coloquial a un tiempo, y, por otro, los temas: sentimientos tan universales como el amor, el desengaño, el tedio o la rebeldía contra la rutina. Si, además de todo esto, el poeta consigue que por un momento el lector se identifique con el corazón que late en su obra, hay que darle una medalla al mérito por la misión cumplida.

(Amalia Bautista, Poesía, por ejemplo)

 

 

Es ésta una poesía reflexiva. La lucha entre las ilusiones y la realidad de cada día constituyen el tema central de muchos poemas. Como en un estoicismo de nuevo cuño, la voz que nos habla en estos versos quiere mantener su espíritu tranquilo. El poema se convierte así muchas veces en una tabla de salvación.

(José Sánchez Reboredo, El Correo Gallego)

 

 

Lo primero que le resalta al lector interesado es el grado de oficio que Eduardo García demuestra en ésta su ópera prima. […] El autor monta su juego de cartas en similitud con la consigna simbolista de que hablaba Stevens “la poesía es un juego de espejos”; un artificio del que Eduardo García es altamente consciente. El sujeto poético, trasunto de sí mismo, es a la vez el cómplice, el intruso y el traidor.

(José Luis Amaro, Diario CÓRDOBA)

 

 

Las cartas marcadas es, para empezar, un libro de poesía que se lee con placer, que parece estar escrito desde nuestro mismo sillón, con nuestra máquina de escribir, laboriosa, detenidamente. […] Le ha quedado, pues, al joven poeta cordobés nacido en Sao Paulo un libro de apariencia redonda, de tono sostenido, donde los textos parecen cortados a tijera, rebozados en una melancolía sostenida y limpia. […] Un autor del que no tendremos más remedio que hablar en adelante.

(Manuel Moya, El Correo de Andalucía)

 

 

El poema se convierte en un “teatro de operaciones”, en palabras de Martínez Sarrión, en que el poeta y el lector pueden desdoblar sus sentimientos, objetivándolos en una experiencia y contrastándolos con una mirada inteligente que pueden transmutarlos en experiencia estética, en un juego en el que el diálogo con la tradición no es menos irónico que el que el poeta entabla con el lector y, en primer lugar, consigo mismo, esa imagen que ve reflejada en el cristal del escaparate ante un semáforo en rojo o la que contempla en los ojos de una mujer. […] Con este primer poemario Eduardo García ha cumplido una de las tareas más difíciles, la de forjar un tono propio. Su mundo se alimenta de la materia de la vida, de la exterior y de la interior.

(Pedro Ruiz, Karonte)

 

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