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Duermevela

 Visor, Madrid, 2014  

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OTRA VUELTA DE TUERCA

 

Me estoy muriendo un poco cada día,

una pizca, no más, una mota de polvo, unas escamas

horadando la encía, enturbiándome el iris, sedimentando al fondo del alvéolo,

no merece la pena, por tan poquita cosa, entregarse al fervor del paranoico,

vivir, a fin de cuentas, es un proceso irreversible,

respirar

pone en funcionamiento la alegría, despierta las pasiones,

pero enturbia la arteria a fuerza de insistir hora tras hora, quién

renunciaría a abrir, al despertar, los vastos ventanales

para que el sol nos colme, la luz nos alimente, el aire se abra paso en el pulmón,

aunque al fin nos escale la garganta la quemadura de un escalofrío,

las mantas, el termómetro, el paracetamol,

nadie puede

esquivar siempre el golpe, hoy, por ejemplo,

me cogió por sorpresa la franca hostilidad de una bombilla

fundida en el espejo, algo

tan mínimo y atroz que daban ganas de encerrarse a cal y canto y colgar un cartel de Se traspasa,

es cierto que nada hay más seguro que la final inclinación de todo afán al desaliento,

pero esta tos, esta desesperanza,

este pájaro huérfano picoteando en la boca del estómago,

a qué negarlo, hoy

me he muerto un poco más que de costumbre,

la cuestión

es cómo hacer ahora, sin reparar en bajas,

para sobrevivirme.

 

 

 

EXTRANJERA

 

No pidas a este instante nada más.

Sonríeme al llegar como si amaneciese

por vez primera. Ven. Posa tus labios

con levedad de pájaro en mi frente.

Déjate ser ahí, tan sigilosa,

sin respirar siquiera. Mírame

con tus ojos ausentes, de ultramar,

ágil roce, rumor, presencia pura.

Quédate un poco más, tan extranjera,

tu tan vasto silencio que acompaña.

Como si entraras de repente

a despertarme de un mal sueño;

como si nunca el mar

hubiera sepultado tus cenizas.

 

 

 

TIRANÍA DE LA SOMBRA

 

A lo peor mi sombra se oscurece,

se emborrona, se nubla, se amontona,

se arremolina en su tiniebla, se alimenta

de mi piel y mi voz y mis tejidos,

de solitarias glándulas, de túneles calientes,

de vértebras y cauces, de órganos simétricos,

y mi sombra asomándose a la luz

se cansa de ser sombra, se incorpora,

se apodera del cuerpo en un descuido,

palidece en su nueva densidad,

mientras me voy volviendo transparente,

enmudezco, me apago, entre estertores

contemplo mi cadáver, estoy solo,

no sé cómo ni dónde, pero escucho

sangre arriba una puerta que se cierra,

unos pasos se alejan

poco a poco.

 

 

 

CANCIÓN DE LA ESPERA

 

Hay cuchillas que habitan los pliegues de la ropa,

caballos que reposan en la piedra,

tiburones con fauces de niebla y ojos fríos,

burbujas que en el aire se irisan al trasluz

hasta estallar al roce de la arena

 

porque aún no has llegado, porque vienes

camino de otra parte, porque avanzas

con el negro del luto, con el blanco nupcial,

con un ramo de rosas deshojado en la mano.

 

Hay ascuas como labios que adormece el rocío,

mareas de alquitrán, rendijas como llagas,

hay polvorientos cauces y hostiles orificios

y aves ciegas que en círculos planean, hay cetáceos

encallados en rocas de hielo a la deriva

 

porque vienes remota, prisionera de un viento

que emborrona las huellas de los pájaros,

porque a mí te encaminas con los ojos ausentes,

con los pasos sin huella de las apariciones.

 

Pero hay también tambores que invitan a la danza,

el eco de tu risa retumba en el espacio,

hay nubes fondeando en los balcones,

un niño y una niña que juegan a los médicos

y el clamor de la jungla al despertar

 

porque ya vas salvando el horizonte,

vas ajena infiltrándote en mi piel,

y a tu encuentro me brotan los leopardos

porque tú eres mi fiesta, mi centro y mi agonía.

 

 


EQUIPAJE

 

A pleno sol camino, como todos:

acarreo mi propia oscuridad.

Con mi ataúd al hombro

remonto la corriente. Disimulo

mi íntima tiniebla, mi gélido rincón

y mi ojo de aguja inconsolable.

 

Acomodo mi carga funeraria.

Escruto los semblantes: me conmueve

su dignidad de estatuas. Siento el eco

de su vasta tiniebla. Me pregunto

dónde ocultan su fúnebre equipaje,

cuánto pesa su propia oscuridad.

 

 

 

FRÍO

 

Embarrado algodón, ágil tiniebla,

nos alcanzan las nubes del otoño.

 

Habrá que encender lumbre, buscar por los cajones

las cerillas mojadas del verano.

 

 

 

PRECIPICIO

 

Soy el que llora en el espejo

y el que contempla su agonía.

 

Nos separa un desierto inagotable.

 

 

 

RONDA DEL SÍ

 

Y ahora aquí digo sí, sin más ni más,

como otros dicen no por si las moscas,

digo sí porque sí, por voluntad,

porque en el no se ufana la renuncia,

el canto de los cuervos, la estepa hospitalaria,

tanta calma que no hace travesía,

en el charco del no toso, me empapo,

estancado el afán, los remos rotos,

espectador de un alto en el camino

que ya se ensimismó más de la cuenta,

cuando impaciente el sí baraja ya sus cartas,

su brusco germinar, su aliento navegante,

un signo, una señal, un cuerpo acaso,

la sombra de un paisaje que soñé,

mientras el no me invita a especular,

a calcular la ausencia de mis pasos,

la inmóvil rotación de mis razones,

pero he aquí que el sí da un paso al frente

y de pronto es ya tarde y menos mal

que el pie ya desertó de su pereza

y sopla el viento y voy, a la estampida,

carretera adelante, desbocado,

digo sí porque el sí es la luz primera,

la espontánea eclosión, el resplandor,

callo el no porque el no seca mi cauce,

digo sí porque el sí me desemboca.

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuadro de texto: sala de vídeo

Artículo

 

Duermevela:

 

el pasajero de la incertidumbre