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Cuadro de texto: Viaje interior hacia la luz

Javier Lostalé

El lenguaje poético con su carácter deslimitador, abierto a las zonas más abisales del ser, capaz de borrar fronteras entre la razón y lo irracional, entre lo real y la fantasía, entre lo consciente y lo inconsciente, puede relacionarse de un modo natural, sin perder ninguno de sus elementos constitutivos -entre los que destaca la tensión emocional-, con la filosofía, la ciencia y la psicología, siempre que exista un poeta verdadero entregado a las palabras y su poder de revelación, conocedor de su oficio y dotado de una fecundante imaginación. Cualidades todas predicables del autor cordobés Eduardo García que, cinco años después de la publicación de Horizonte o frontera (Premio Internacional de Poesía Antonio Machado en Baeza), y tras su reciente Refutación de la elegía, ha alumbrado el poemario La vida nueva, galardonado con el último premio Fray Luis de León.
     Digo alumbrado más allá del hecho de su aparición, porque este libro es un renacimiento, un viaje interior hacia la luz de un sujeto inmerso en un proceso psicológico que, en algún momento, es un descenso a los infiernos, tras el que late la sombra de Dante, para ascender después a una “vida nueva” plena de entusiasmo y engendradora de una vigilia permanente poseída por los sueños: “porque podemos esculpir la vida verdadera /... / soñar despiertos siempre / para no renunciar al entusiasmo / y que el hombre no olvide su vocación de nube el súbito / resplandor incendiando su mirada / alfarero del mundo comadrona / que asiste al parto de sus propios sueños”.
    El camino que nos conduce a este final de fulgor y libertad generador de un horizonte de advenimientos en el lector, se sigue como un relato con distinto pulso, al que corresponde también una diferente modulación lingüística, en el que el Deseo es una radiación sostenida entre el cielo y el abismo por el que atraviesa el protagonista (sin duda el propio Eduardo García), suelo y techo firme para alcanzar la resurrección: “Y prometo también a la deriva / arrojarme al encuentro del don inesperado / y al cruzar las fronteras prometo confiar /a ciegas en la flecha / del deseo”.
    Y junto al Deseo, la Falta, su otra cara –como dice el poeta- y el Hueco -lleno de lo que todavía no es, unas veces; respiración de un alma, o sólo fisura, otras- nuclean La vida nueva, donde hay dos escenarios íntimos principales: el que corresponde a las partes “Resplandor” y “Amanecer”, consumado en “La vida nueva”, y el representado por “Romper aguas”. En el primero de los escenarios, precedido de una “Invitación al viaje” en búsqueda del renacer, hay una respuesta a la llamada total de la vida desde la conciencia de lo que falta: “Yo sólo vine a ver brotar/ mi casa en el desierto”, y una presencia, la de la amada, catalizadora de espacios y tiempos, de  palabras y silencios, nutriente del origen: “Al amarte hoy a ti cerco el origen: / la grieta donde manan / las ascuas / de la vida”. Y en el segundo de los escenarios, “Romper aguas”, situado en el centro del libro, como una caída entre dos vuelos, se transparenta la fragmentación del ser, la pérdida hasta el poso, el precipicio, pero sin borrar el alba del retorno, aunque sea con “esa luz malherida / de los supervivientes”. 
    En resumen, los que acompañen en este viaje interior a Eduardo García sentirán que algo amanece también en ellos y comprobarán la altitud de un poeta que les será necesario siempre.
Mercurio, nº 102, junio-julio 2008
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Horizonte o Frontera
Las cartas marcadas
No se trata de un juego
Una poética del límite
Escribir un poema
Refutación de la ElegíaLa vida nueva Eduardo García

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